Seguro y eficaz. Capítulo II

Jun 25, 2024 | Opinión

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Como vimos en el anterior artículo, no todas las vacunas han cumplido siempre con el precepto de fármaco “seguro y eficaz”. El caso de la vacuna DTP que comentamos es paradigmático… tras el aluvión de demandas en los años 1970-80, se modificó la ley para proteger a los usuarios.

Y claro, la farmaindustria tomó cartas en el asunto.

OTRAS FORMAS DE ACTUACION DE LA FARMAINDUSTRIA

Antes de seguir hay que tener en cuenta que la farmaindustria ya factura miles de millones al mismo nivel que las empresas de armamento, y que están controladas por grandes fondos de inversión cuya única meta no es mejorar la salud de la gente, sino obtener la mayor cantidad de beneficios. El mercado farmacéutico en el año 2023 fue de 1,607 billones (con b) de dólares (Industria farmacéutica: ingresos mundiales 2001-2023 | Statista)

Dedican financiación en todos los niveles del sistema, ya que han visto que la presión funciona: Políticos, entidades científicas, medios de comunicación, médicos, revistas médicas. Aunque nos digan que los medicamentos son caros por el gasto en investigación, dedican más dinero en promoción y propaganda que en I+D.

Experimentación en humanos

Los estudios clínicos en humanos tienen una regulación muy estricta, por lo que muchas veces se realizan en países en vías de desarrollo, sin conocimiento de los usuarios. Por ejemplo, los que se realizaron en Puerto Rico y Haití para conseguir la dosis y combinación ideal de hormonas en la píldora anticonceptiva, sin importar los efectos secundarios que produjeron. Control de la fertilidad con medicamentos orales – American Journal of Obstetrics & Gynecology (ajog.org)

O este otro de vacunación en niños en África. El título lo dice todo: “Un experimento natural”. Lamentablemente la conclusión fue que aumentaba la mortalidad en los niños vacunados. Pero fue en África.

Han acaparado la investigación y la comercialización

La investigación de nuevos fármacos debería realizarse en universidades vía financiación pública y para beneficio de la población general. Sin embargo, a lo que se ha llegado es que la investigación se realiza en las empresas, o en las universidades con financiación de los estudios por esas empresas farmacéuticas (para darle un toque científico). Y quien paga, manda.

Cuando inventan un nuevo fármaco (lo cual ocurre pocas veces), el laboratorio impone su precio, y no lo hace en base a lo que ha invertido o a lo que cuesta su fabricación. Es por eso que tiene un precio distinto en cada país, en base a lo que puede presionar y a lo que cada país está dispuesto a pagar. Cuando la compañía Gilead creó el Sovaldi ® (rofosbuvir) en EEUU costaba el tratamiento 84.000 dólares, en Alemania 64.000, en Gran Bretaña 54.000 y en Egipto 900 dólares. Ahora entenderemos porque muchos de estos precios se pactan en secreto.

Realizan lo que podríamos llamar “investigación inversa”. Generalmente no se dedican a buscar la cura para una enfermedad en concreto, suelen hacerlo al revés. Cuando crean una molécula con posible efecto farmacológico, investigan qué efecto tiene en el organismo, y entonces buscan en qué patología podrían encajar su uso. Y si puede ser una patología frecuente y que no tenga cura efectiva, es lo ideal para el fabricante. Un ejemplo es el de la veraliprida, un medicamento que se creó investigando variaciones de la procainamida, un fármaco usado para las arritmias cardíacas. Buscaron entonces si podrían encajarlo en alguna patología y se decidió venderlo para tratar los sofocos propios de la menopausia. Una indicación ideal, porque le ocurre a muchas mujeres y algunos efectos secundarios del fármaco se enmascaraban dentro de la propia menopausia. El problema es que se multiplicaron hasta tal punto esos efectos (depresión, ansiedad, pérdida de fuerza, comportamiento suicida, etc) que finalmente no pudieron ocultarse y hubo que retirar el fármaco.

Controlan los sistemas de control precomercialización: Ensayos clínicos

Para evaluar nuevos fármacos la compañía que lo ha creado es la que realiza los ensayos clínicos, ensayos que son dados por buenos por las autoridades reguladoras sin comprobar su veracidad. Esas autoridades no hacen ensayos propios para confirmar la seguridad y eficacia del fármaco. Los datos de los estudios que realizan las empresas son secretos de manera que si los resultados no son favorables no son publicados (la OMS calcula que la mitad no son publicados), no están obligados a ello. Y con mucha frecuencia son maquillados. Una táctica que suelen realizar las empresas es hacer los estudios científicos empleados de la propia empresa, y luego se lo pasan a algún profesor de alguna universidad famosa para que figure el primero y de prestigio al estudio.

Han relajado la exigencia de seguridad en los estudios:

Hay que tener en cuenta que el riesgo cero no existe. De hecho, si nos venden que algo tiene riesgo cero es que no tiene actividad farmacológica. Y también hay que tener en cuenta las circunstancias para valorar la seguridad de un fármaco. Por ejemplo, si vamos a usar un fármaco para tratar un cáncer, estaremos dispuestos a tolerar un riesgo de efectos secundarios mayor que para una vacuna, que vamos a usar en población sana.

Cuando los estudios valoran la seguridad generalmente lo hacen frente a un placebo, que es algo sin actividad farmacológica.

Los problemas que se presentan a la hora de valorar la seguridad son varios:

¿Durante cuánto tiempo vigilamos la aparición de efectos secundarios? Por que a veces algunos efectos secundarios especialmente graves aparecen con el tiempo.

¿Porqué a veces no se compara con placebo sino con una versión anterior del fármaco? Eso se hace con frecuencia con las vacunas, con lo que se diluye el número de efectos secundarios cada vez que se utiliza este sistema de comparación. Por ejemplo, si probamos una vacuna A con un placebo y tiene un 5% de efectos secundarios, podríamos admitirlo. Pero si probamos el año que viene la vacuna A con una vacuna B y admitimos en este cambio otro 5% de efectos secundarios, ya la cosa cambia si lo comparamos con el placebo inicial. Y así podríamos ir sumando cada año.

¿Y que ocurre si el placebo que se usa como comparación no es un placebo? Por definición un placebo es una sustancia sin efecto farmacológico. Por ejemplo, en el estudio para la vacuna del papiloma en Dinamarca, no compararon la vacuna con un placebo, sino con un pinchazo de sulfato de hidroxifosfato de aluminio amorfo adyuvante patentado de Merck, o AAHS. Por eso las que recibieron el placebo también tuvieron efectos secundarios. Así el resultado del estudio fue que la vacuna no producía más efectos que el “placebo”. Sin embargo, a los participantes en el ensayo se les dijo que era suero salino.

¿Qué ocurre si aparecen efectos graves y estos se ocultan?

Un ejemplo de ocultar o minimizar los efectos graves lo tenemos con la ezetimiba, un fármaco para bajar el colesterol. En un ensayo clínico encontraron que la arterioesclerosis progresaba más en el grupo que la tomaba, pero la compañía siguió como si nada y retrasaron la publicación del estudio. Entonces dijeron que iban a hacer otro estudio para comprobarlo, que duraría unos años. Resulta que en posteriores estudios que abarcaba más años detectaron que aumentaba el número de cánceres en el grupo que lo tomaba. Aún siguen estudiando este asunto y retrasando las conclusiones. Lo que no hemos dicho es que en todos esos estudios no se ha demostrado que dismimuya el riesgo de infarto. Eso sí, disminuye el colesterol, y se sigue utilizando.

Otro ejemplo lo tenemos con la pioglitazona un fármaco autorizado en 1999 para el tratamiento de la prediabetes. Un artículo de 2007 que revisó 42 ensayos clínicos demostró que aumentaba la incidencia de infarto de miocardio un 40%. El problema es que descubrieron que 35 de esos artículos habían sido mantenidos en secreto por la empresa farmacéutica, y que ese riesgo de infarto ya lo conocían desde su creación en 1999. Se estima que hasta su retirada produjo entre 40.000 y 200.000 de infartos de miocardio.

Las empresas farmacéuticas han relajado el concepto de eficacia

Nos han convencido de que el objeto de los tratamientos es controlar algún dato analítico o algún factor de riesgo y no corregir la base de la enfermedad. Por ejemplo, tratamos los síntomas de la alergia pero no la curamos, tratamos la hipertensión pero no corregimos la rigidez arterial o nos empeñamos en bajar el colesterol sin curar la inflamación arterial en la que éste colesterol se deposita. Así conseguimos que la gente tenga que tomar tratamientos casi de por vida. Por eso se preguntan en Goldman Sachs si curar a los pacientes es bueno para el negocio ¿Curar a los pacientes es bueno para el negocio? Pregunta Goldman Sachs Biotech Report – Cancer Health

Para valorar la eficacia también se compara el fármaco con un placebo. En muchas ocasiones en efecto no es mucho mejor que el placebo, como los jarabes contra la tos: Cough medicines’ effect is mainly placebo – PMC (nih.gov). Pero como en sus estudios es más efectivo que el placebo, eso es suficiente para decir que es eficaz.

El objetivo del tratamiento debería ser curar la enfermedad o, como mínimo mejorar la supervivencia y no sólo el mejorar un resultado analítico. Por ejemplo, en los años 70 se popularizó el clofibrato para bajar el colesterol. Lo bajaba, pero tenía el pequeño problema de que aumentaba la mortalidad respecto al grupo control que no lo tomaba.

Muchas veces preparan una dosificación excesiva de los fármacos

El objeto es poder pedir más precio por las dosis, aunque no se consiga un mejor efecto y aumente el riesgo de efectos secundarios. Eso ocurre con el ibuprofeno, en el que una dosis de 400 mg consigue un efecto similar a la de 600 mg. Sin embargo, se ha extendido el uso de la dosis de 600 mg para los adultos.

Las empresas farmacéuticas presentan como fármacos nuevos meros maquillajes de fármacos viejos.

Cuando una empresa crea un fármaco tiene la exclusividad de uso durante 20 años. Pasado ese tiempo podrá ser fabricado por otros laboratorios. Pero cuando va a caducar hacen una pequeña modificación en la molécula, le cambian el nombre y luego hacen estudios y campañas para presentarla como una gran novedad, aunque no suponga una gran mejora. Tenemos el ejemplo del omeprazol y todos sus “descendientes” (esomeprazol, lansoprazol, dexlansoprazol, pantoprazol, rabeprazol…) Con eso consiguen que no baje el precio del tratamiento y que vuelva a ponerse a cero el contador de los 20 años por ser otra patente.

Controlan los sistemas de vigilancia postcomercialización

Las empresas farmacéuticas tienen sus propios controles de vigilancia una vez que su producto está autorizado y a la venta. Además, existen sistemas de vigilancia de los ministerios de sanidad. En EEUU está el CDC para fármacos en general y el sistema VAERS para vacunas y en Europa la EMA . Están encargados de la autorización de fármacos y de la vigilancia de efectos secundarios provocados por los mismos.

Las empresas farmacéuticas “financian” esos centros de vigilancia y a los funcionarios de alto nivel encargados de los mismos. Han sido numerosos los casos en los que se han autorizado fármacos de forma precoz, y en los que se han minimizado efectos secundarios, retrasando en lo posible su retirada.

Tenemos muy recientes casos como este de los CDC o este de la EMA.

A veces los centros de vigilancia no dan importancia a las señales de alarma o “se equivocan”, como en este caso. Esos “errores”, no suelen ser en contra de las empresas farmacéuticas.

En muchas ocasiones intentan retrasar en lo posible la retirada de fármacos peligrosos; es famoso el caso de la crisis de los opiáceos y de su soborno de funcionarios del CDC por la empresa Purdue.

Intentan que los médicos usen los fármacos para indicaciones no reflejadas inicialmente en la ficha técnica.

De esta manera consiguen que se multipliquen las recetas.

Por ejemplo, la indicación inicial autorizada del omeprazol (y sus hermanos acabados en prazol) era el tratamiento de la úlcera gástrica y duodenal. El problema es que cuando se descubrió que la úlcera tenía curación eso suponía que los tratamientos fueran cortos. Pero entonces “convencieron” a las agencias reguladoras para que ampliaran la indicación a prevención de recidiva tras la curación y a control a largo plazo de la enfermedad por reflujo gastroesofágico. Así se aseguraron tratamientos prolongados, y que sean unos de los fármacos más consumidos del mundo. El problema es la gran cantidad de efectos secundarios que se producen en tratamientos crónicos de omeprazol. Pero como no les parecía suficiente, “convencieron” a los médicos para que lo usaran para indicaciones que no aparecen en ficha técnica como digestiones pesadas o como acompañante de tratamiento con antiinflamatorios (“para prevenir”).

Atacan sin piedad a los que se enfrentan a ellos

Por ejemplo, Merck intimidó y persiguió judicialmente a los científicos que pusieron en duda la seguridad del Vioxx hasta que tuvieron que retirarlo porque causaba infartos, peligro que la empresa conocía.

El abogado Reiner Fuellmich en otras ocasiones había ganado demandas contra grandes empresas como Volkswagen o Deutsche BankP. Pero tuvo el error de empezar una demanda colectiva en muchos países contra las empresas fabricantes de vacunas COVID. Casualmente han conseguido que esté encarcelado desde el año 2023 por un supuesto delito contable. Delito que no justifica las demenciales medidas de encarcelamiento en la que se están violando muchos de sus derechos con el objeto de intimidarlo.

Inventando enfermedades y tratamientos:

Hay muchas situaciones que no son una enfermedad en sí mismas, sino que suponen un factor de riesgo para desarrollar una enfermedad. Muchas de esas situaciones podrían corregirse si cambiáramos nuestros hábitos, fundamentalmente cambios en la dieta y en nuestra actividad física.

Gracias a la propaganda, las empresas farmacéuticas han conseguido vendernos que tomándonos una pastillita podemos evitar el engorro de hacer ejercicio y quitarnos esas comidas que tanto nos gustan.

Han logrado que consideremos que el objetivo de los tratamientos sea corregir unos factores de riesgo, aunque dichos tratamientos no tengan efecto real en la enfermedad con la que se relacionan. Unos ejemplos de esas “pseudoenfermedades” son:

  • prediabetes
  • prehipertension
  • preosteoporosis (osteopenia)
  • colesterol alto

Así se consigue que gran cantidad de gente sana esté tomando fármacos de forma crónica.

Aquí podríamos incluir el hecho de vacunar a gente sana que tiene un riesgo muy bajo en caso de contraer la enfermedad para la que vacunamos. ¿Que luego se descubre que la vacuna tiene efectos secundarios graves? ¿Y que incluso la empresa fabricante sabía esos riesgos? No pasa nada, lo importante era la buena intención con la que se hizo (las ganancias millonarias es algo secundario).

Siguen intentando producir reformas legislativas a su favor

Por ejemplo, en EEUU han estado a punto de aprobar una ley que permitía que los niños firmaran el consentimiento de vacunación sin conocimiento de sus padres, para poder aparecer en los colegios a vacunarlos.

Y cuando todo falla, pagan la multa y a seguir

Por ejemplo, Pfizer ha ofrecido pagar una compensación de hasta 250 millones de dólares a los afectados por haber ocultado que su antiácido Zantac podía producir cáncer. Esto parece una broma cuando hace 2 años pensaban que las indemnizaciones podían ascender a 20.000 millones.

Y una aclaración sobre las indemnizaciones: Casi siempre las noticias de indemnizaciones se refieren a EEUU, hay muy pocas indemnizaciones millonarias en Europa, y menos en España.

CONCLUSIONES

Todos deberíamos hacernos estas preguntas:

¿Las empresas farmacéuticas son benefactores de la humanidad?

¿Debería tomar todos los fármacos que estoy tomando?

¿Soy consciente de los efectos secundarios a los que estoy expuesto?

¿Podría tomar otras medidas?

¿Considero que mi médico es consciente de las preguntas anteriores?

Acabamos con la cita correspondiente, en este caso la Regla 35 de Gibs (serie de televisión NCIS):

“Vigila a los vigilantes”.

Dr. Antonio Jesús Valle Traid

Dr. Antonio Jesús Valle Traid

Pediatra y Director Médico de Centro Médico Rey Fernando

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